A Quién Le Sirve
A los quince años, Miguel descubrió el sexo.
O más precisamente, el sexo lo descubrió a él, que es como generalmente funciona a los quince años, con la brusquedad de algo para lo que nadie te preparó aunque técnicamente todo el mundo sabía que iba a pasar.
Su experiencia inicial fue con Daniela, que tenía dieciséis años, vivía tres casas más abajo, y había llegado a sus propias conclusiones sobre el catolicismo bastante antes que Miguel — conclusiones que incluían que el cuerpo era suyo, que el deseo era suyo, y que la vergüenza que el padre Aurelio predicaba sobre ambos era un problema del padre Aurelio, no de ella.
Daniela era, en términos que Miguel no tendría hasta años después, una mujer libre. En términos del vocabulario de su barrio en ese momento, era una cualquiera. Porque en el sistema de valores que el catolicismo colonial había implantado en cinco siglos de trabajo constante, una mujer que tomaba decisiones sobre su propio cuerpo era automáticamente sospechosa, automáticamente inferior, automáticamente merecedora del desprecio de las mismas personas que en privado soñaban con ser exactamente tan libres como ella.
Lo que Miguel sintió con Daniela aquella tarde de viernes, mientras la lluvia golpeaba el techo de lámina y afuera los perros del barrio ladraban a nada en particular, fue exactamente lo opuesto de lo que el padre Aurelio le había prometido que sentiría. No sintió vacío. No sintió vergüenza. No sintió los ojos de Dios mirándolo con decepción desde algún rincón del cuarto.
Sintió que era real.
Que su cuerpo era real. Que Daniela era real. Que la conexión entre dos personas que se eligen mutuamente, en ese momento, en esa cama prestada, era tan real como cualquier cosa que hubiera sentido en la iglesia y considerablemente más honesta.
Esa noche, camino a su casa, con la lluvia ya detenida y el barrio oliendo a tierra mojada y tacos de canasta, Miguel tuvo un pensamiento que lo acompañaría el resto de su vida:
Si esto es pecado, el pecado se siente mejor que la virtud.
Y si la virtud me hace sentir menos vivo que el pecado, ¿qué dice eso de quién inventó la diferencia?
Hay una pregunta que la Iglesia no quiere que hagas.
No es una pregunta complicada. No requiere teología ni filosofía ni años de estudio. Es una pregunta de cinco palabras que cualquier niño de diez años podría formular si alguien le diera permiso:
¿A quién le sirve esto?
¿A quién le sirve que tú no te enojes cuando te hacen daño? ¿A quién le sirve que sientas culpa por tu cuerpo? ¿A quién le sirve que creas que tu pobreza es una prueba de fe y no el resultado de quinientos años de un sistema diseñado específicamente para mantenerte pobre?
No a Dios. Dios, si existe, creó el cuerpo con todo lo que siente y todo lo que quiere. Creó la ira como respuesta al daño. Creó el deseo como motor de la vida. Dios, si existe, no tiene ningún problema lógico con que uses lo que te dio.
Le sirve a los que necesitan que seas manejable.
Le sirve a los que construyeron una iglesia sobre tu pirámide y necesitan que agradezcas la iglesia en lugar de llorar la pirámide.
Le sirve a los que tienen doscientas treinta y seis preguntas sobre tu sexualidad en su manual de confesión porque tu sexualidad en tus propias manos es poder que no está en las suyas.
Le sirve, en resumen, a quienes llevan cinco siglos diciéndote que lo que sientes es el diablo.
Que el diablo lleva cinco siglos diciéndote la verdad es la primera herejía de este libro.
No será la última.
El próximo fragmento en dos semanas.
Capítulo Dos. Doscientas treinta y seis preguntas. Te avisamos.
listo.