La Oscuridad Construida
Miguel nunca supo nada del padre Bocanegra.
Pero vivía con sus consecuencias todos los días.
Las vivía en el cuerpo de su madre, que cargaba el peso de cinco hijos y una fe que le decía que el control de natalidad era un pecado, de modo que seguía teniendo hijos que no podía mantener del todo porque rechazar al marido era ingratitud y usar anticonceptivos era desafiar la voluntad de Dios — aunque la voluntad de Dios, curiosamente, nunca le pedía al marido que limitara sus demandas.
Las vivía en el cuerpo de su hermana mayor, a quien a los quince años un primo la tocó en una fiesta familiar y nadie hizo nada porque hacer algo habría sido escandaloso y el escándalo caía siempre sobre la mujer, nunca sobre el que la tocó.
Las vivía en su propio cuerpo, en la vergüenza que sintió la primera vez que tuvo un sueño erótico y al despertar lo primero que pensó fue que necesitaba confesión, no que necesitaba desayuno.
Doscientas treinta y seis preguntas.
Todas respondidas antes de que hubiera nadie para responderlas con honestidad.
En algún punto de su adolescencia, Miguel dejó de ir a confesión.
No fue una decisión filosófica. No fue una crisis de fe dramática con relámpagos y preguntas existenciales. Fue más simple y más definitiva que eso: llegó a la conclusión, con la precisión clínica que solo los adolescentes pueden tener para detectar la hipocresía de los adultos, de que el padre Aurelio no sabía nada sobre su vida real.
El padre Aurelio vivía en la casa parroquial que la iglesia le pagaba. Comía los alimentos que las feligresas le llevaban como ofrenda — tamales en navidad, mole en semana santa, pollo cuando era cumpleaños de alguien y había que agradecer. No tenía trabajo en el sentido en que Miguel entendía el trabajo. No tenía hijos. No tenía deudas. No tenía un padre que llegara a casa con las manos destruidas y los ojos vacíos. No tenía que elegir entre pagar la colegiatura o comer bien la semana.
¿Qué diablos sabía el padre Aurelio sobre la rabia?
¿Qué autoridad tenía sobre el cuerpo de Miguel un hombre que había renunciado al suyo como condición de empleo?
Estas preguntas le llegaron a Miguel gradualmente, como le llega la luz a un cuarto cuando alguien va abriendo las persianas una por una, sin prisa, sin drama, hasta que de repente te das cuenta de que llevas no sé cuánto tiempo sentado en la oscuridad y que la oscuridad no era natural — era construida.
El próximo fragmento en dos semanas.
Capítulo Tres. La anatomía de la ira justa. Te avisamos.
listo.