Antes de que puedas leer este libro, necesitas hacer una cosa.
Necesitas recordar la primera vez que te dijeron que tu ira era un pecado.
No la segunda vez. No la centésima vez, cuando ya lo habías aceptado, cuando ya lo llevabas como una segunda piel, como el escapulario que tu abuela te colgó al cuello el día de tu primera comunión y que todavía pica aunque ya no lo uses. La primera vez. Cuando todavía eras suficientemente nuevo en este mundo para sorprenderte de que alguien pudiera mirarte directo a los ojos y decirte que lo que sentías estaba mal.
Quizás tenías cinco años. Quizás tenías doce. Quizás fue tu madre. Quizás fue el padre Gutiérrez, o el padre Mendoza, o el padre González — siempre hay un padre González en alguna parte, siempre con las manos demasiado juntas y los ojos demasiado quietos, siempre oliendo a incienso y a algo que no termina de ser inocente. Quizás fue la abuela, que sabía de Dios más que ninguno pero que también había aprendido desde niña que el enojo de una mujer era una vergüenza que se tragaba con el café negro de las seis de la mañana, antes de que despertara el resto de la familia y hubiera que empezar a servirles.
Lo que importa no es quién te lo dijo.
Lo que importa es que funcionó.
Porque aquí estás. Adulto ya, o casi. Con todo lo que has visto. Con todo lo que te han hecho. Con todo lo que le han hecho a tu gente — a tu barrio, a tu colonia, a tu país, a los huesos de tus abuelos que están enterrados en tierra que ya no les pertenece, en un cementerio que quizás tampoco les pertenece, en un municipio donde el presidente municipal le debe favores al cartel y el cartel le debe favores al gobernador y el gobernador le debe favores a un gringo que nunca ha pisado tu calle pero que tiene papeles que dicen que parte de ella es suya. Con todo eso encima. Y todavía, todavía, cuando la ira te sube por el pecho como agua sucia en una inundación de agosto, la primera cosa que sientes después de ella es la culpa.
Eso no es accidental.
Eso es diseño.
Hay una ciudad en México que se llama Cholula. Si vas hoy, puedes subir a lo que parece ser una colina verde con una iglesia española en la cima — la Iglesia de Nuestra Señora de los Remedios, blanca, colonial, perfectamente fotogénica para el Instagram de cualquier turista europeo que quiera parecer espiritual sin haber pensado demasiado. Los recién casados se toman fotos ahí. Los niños de las escuelas van en excursión. Es, en apariencia, una postal.
Lo que están fotografiando es una pirámide.
La Gran Pirámide de Cholula. La estructura más voluminosa que los seres humanos han construido en toda la historia documentada de la Tierra. Más grande que la Gran Pirámide de Giza. Construida por manos que ya no tienen nombre en ningún libro que se enseñe en la escuela, en honor a dioses que ya no tienen templos visibles, por un pueblo que los conquistadores llamaron salvajes antes de matarlos, esclavizarlos, violarlos sistemáticamente, y construir una iglesia encima de sus muertos con las mismas manos que acababan de ensangrentar.
No fue descuido. No fue ignorancia. Hernán Cortés sabía exactamente lo que hacía cuando ordenó construir una iglesia sobre el corazón sagrado de Cholula. Trescientas sesenta y cinco iglesias en Cholula — una por cada día del año, una por cada deidad que pretendía borrar, una por cada vez que el pueblo conquistado tendría que arrodillarse donde antes estaba de pie. El mensaje no era teológico. El mensaje era arquitectónico. Era territorial. El mensaje era sencillo y brutal: lo que tú eras, debajo de nosotros. Lo que somos, encima de ti. Ora o muere. Y si oras y mueres de todas formas, eso también es la voluntad de Dios, así que agradece.
Eso fue hace quinientos años.
La iglesia sigue ahí.
¿Y tú no tienes derecho a estar enojado?
Este libro es sobre la ira.
Pero no de la manera en que el padre González te habló sobre la ira — como uno de los siete pecados capitales, como una debilidad del alma que te hace vulnerable a las tentaciones del Maligno, como evidencia de que Satanás tiene un dedo sucio metido en tu corazón y necesitas confesión urgente antes de que el dedo suba más. Ese análisis tiene un problema fundamental, y no es teológico, es lógico: sirve perfectamente a los mismos que te hicieron daño.
Piénsalo con cuidado, porque es importante.
Si tu rabia es pecado, entonces cuando yo te haga daño y tú te enojes, el problema moral eres tú. Yo actué. Tú reaccionaste. Pero según el catecismo que te enseñaron, tu reacción es lo que necesita confesión. Yo puedo ir a misa el domingo, recibir la hostia con la misma mano con que te pegué el lunes, y quedar limpio. Tú puedes pasar la semana entera culpándote por sentir exactamente lo que cualquier ser vivo con dos gramos de dignidad sentiría.
Eso no es espiritualidad.
Eso es el crimen perfecto.
Y lo han estado cometiendo durante quinientos años.
La Iglesia Cristiana Satánica no existe para reemplazar una religión con otra.
Existe para mostrarte el mecanismo.
Porque una vez que ves cómo funciona — cómo tomaron tu rabia legítima, tu dolor legítimo, tu deseo legítimo de que las cosas fueran justas, y lo convirtieron en vergüenza, en culpa, en silencio — no puedes dejar de verlo. Es como cuando alguien te dice que hay una figura escondida en un dibujo y no la ves, no la ves, y de repente la ves y ya nunca puedes ver solo el dibujo.
Una vez que ves el mecanismo, eres libre.
No libre de la ira. Libre para usarla.
Libre para preguntarte: ¿de quién fue la idea de que yo no debería sentir esto?
Y libre para responder: de alguien a quien le convenía mucho que yo no lo sintiera.