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Tomo I · El Pastor de las Tinieblas
CAPÍTULO UNO · PARTE II

La Familia Que Lo Construyó

La familia de Miguel era devota de esa manera específicamente latinoamericana que no tiene mucho que ver con la teología y todo que ver con la supervivencia social. Su abuela rezaba el rosario todas las noches antes de dormir y el lunes siguiente chismeaba con las vecinas con una precisión quirúrgica que el mismo Dios envidiaría. Su madre iba a misa todos los domingos y el resto de la semana vivía con la tensión de una mujer que carga sola con más de lo que humanamente se puede cargar y nunca, nunca le pide ayuda a nadie porque pedir ayuda es debilidad y la debilidad es pecado casi tanto como la ira.

Su padre — bueno. El padre de Miguel merece un párrafo propio.

El padre de Miguel se llamaba Ernesto y era un hombre que había aprendido a ser hombre de la única manera que el mundo a su alrededor le había enseñado: siendo una cosa dura. Trabajaba en la construcción. Llegaba a casa con las manos destruidas y el orgullo intacto. No demostraba afecto porque el afecto era para las mujeres y los niños pequeños, y los niños crecen y dejan de ser pequeños, y Ernesto no sabía qué hacer con un hijo que ya tenía edad para ser tratado como hombre pero que todavía necesitaba cosas que los hombres de su mundo no se daban entre sí.

Ernesto no era malo. Eso es lo más difícil de explicar sobre los padres como Ernesto.

Era el resultado de un sistema que durante generaciones tomó a los hombres y les arrancó la ternura como se arranca la maleza — metódicamente, con la convicción de que lo que quedaba después era más fuerte. Le enseñaron que los hombres no lloran, y no lloró en público desde los doce años. Le enseñaron que los hombres no piden, y se murió sin pedirle nada a nadie, incluyendo al médico que podría haberle detectado a tiempo el problema del corazón que se lo llevó a los cincuenta y ocho. Le enseñaron que los hombres no hablan de lo que sienten, y pasó su vida entera en una habitación interior que nadie conoció nunca, ni siquiera él mismo, porque para conocerla habría necesitado las palabras y nadie le enseñó las palabras.

Lo que le enseñaron sí, lo que sí le pasó de padre a hijo como se pasan las tierras y las deudas, fue la convicción de que la rabia era la única emoción permitida. No el miedo — el miedo era de cobardes. No el dolor — el dolor era de débiles. No el amor, que era demasiado complicado y demasiado peligroso para mirarlo de frente. Solo la rabia. La rabia era masculina. La rabia era de hombres. La rabia estaba bien, siempre y cuando se dirigiera hacia afuera y nunca, nunca, se volviera hacia adentro para preguntar de dónde venía.

Miguel creció entre dos maestros que se contradecían perfectamente.

Su padre le enseñó que solo la rabia era permitida.

La Iglesia le enseñó que la rabia era el diablo.

Y en el espacio entre esas dos lecciones, Miguel construyó un hombre que no sabía qué hacer con nada de lo que sentía.

El final del descenso

El próximo fragmento en dos semanas.

Daniela. La primera grieta en la programación. Te avisamos.

listo.

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