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Tomo I · El Pastor de las Tinieblas
CAPÍTULO DOS · PARTE I

Doscientas Treinta y Seis Preguntas

«Dime en qué piensas y te diré quién te tiene miedo.»

— Reverendo Cesar Acosta

En 1631, un sacerdote llamado Juan Pérez Bocanegra publicó en Lima un manual para confesores.

El manual se llamaba Ritual formulario, e institución de curas. Era, en esencia, una guía práctica para que los curas de las misiones coloniales pudieran escuchar confesiones de los indígenas recién convertidos — esos millones de personas que los conquistadores habían bautizado por la fuerza o por el miedo o por el hambre, y que ahora necesitaban ser monitoreados para asegurarse de que la conversión era real y no simplemente una estrategia de supervivencia.

El manual incluía, entre otras cosas útiles, una lista de preguntas que el confesor debía hacer sobre la vida sexual del penitente.

Doscientas treinta y seis preguntas.

No es un error tipográfico. Doscientas. Treinta y seis. Preguntas. Sobre sexo.

Para ponerlo en perspectiva: el confesionario oficial de 1585 — el que el Tercer Concilio de Lima designó como manual para las zonas de habla quechua y aimara — tenía veintidós preguntas sobre el mismo tema. El padre Bocanegra escribió más de diez veces esa cantidad. Todas sobre lo que hacías con tu cuerpo en la oscuridad.

Ahora bien. Podríamos asumir que tanta obsesión refleja genuina preocupación espiritual. Que la Iglesia colonial tenía un interés sincero en el bienestar moral de las almas indígenas. Que las doscientas treinta y seis preguntas eran un acto de amor pastoral.

Podríamos asumir eso. También podríamos asumir que el padre Aurelio bebe el vino de misa por su valor sacramental.

Lo que doscientas treinta y seis preguntas sobre sexo revelan es más sencillo y más oscuro: quien necesita saber tanto sobre tu sexualidad tiene miedo de lo que harías con ella si no la controlara.

Permíteme ser específico, porque los detalles importan.

Las preguntas del padre Bocanegra no eran abstractas. No eran filosóficas. Eran clínicas en su precisión y amplias en su alcance. Preguntaban sobre prácticas. Sobre pensamientos. Sobre sueños. Sobre tentaciones que el penitente hubiera tenido, actuado o simplemente contemplado. Cubrían cada variante posible de la actividad sexual humana — y varias que probablemente al penitente no se le habían ocurrido hasta que el sacerdote las mencionó, momento en el cual, técnicamente, ya había pecado de pensamiento.

El mecanismo es genial en su perversidad. Al preguntar sobre pecados que el penitente no sabía que eran pecados, el confesor no solo monitorea — genera. Crea la culpa que luego cobra. Es el mismo modelo de negocio de las empresas de seguros: primero te explican todo lo que puede salir mal, y luego te venden protección contra eso.

La Iglesia colonial tenía el monopolio absoluto sobre la definición de pecado, la experiencia de culpa, y la promesa de absolución. Era el proveedor, el distribuidor y la cura de la misma enfermedad. Un negocio perfecto.

Y lo que vendía — lo que realmente vendía, debajo del latín y el incienso y la promesa de vida eterna — era control sobre los cuerpos de millones de personas que de otra manera habrían tenido plena autoridad sobre los suyos.

Aquí es donde el padre Aurelio se convierte en parte de algo más grande que él mismo.

El padre Aurelio no era un villano de cómic. Era un hombre de su tiempo, formado en una institución de siglos, que genuinamente creía — o se decía a sí mismo que genuinamente creía — que estaba salvando almas. Que cuando le decía a un niño de siete años que su rabia era el diablo, lo hacía con buena intención. Que cuando les explicaba a las mujeres de su parroquia que el placer sexual era una debilidad de la carne que había que mortificar, lo decía con amor.

El problema no es el padre Aurelio individual.

El problema es el sistema que lo produjo, que lo reprodujo, y que durante quinientos años en América Latina tuvo el poder de darle forma a la vida interior de millones de personas antes de que esas personas tuvieran la edad suficiente para preguntar si el sistema tenía autoridad real sobre ellas.

El padre Aurelio aprendió lo que aprendió de otro cura. Ese cura lo aprendió de otro. La cadena se remonta a Roma, a Trento, a los frailes que llegaron con las carabelas a enseñarle a los pueblos de América que sus dioses eran demonios y sus cuerpos eran campos de batalla espiritual donde el alma buena peleaba contra la carne mala, y que la única forma de ganar esa batalla era entregándole la autoridad sobre tu cuerpo a alguien que usaba túnica y hablaba en nombre de un dios que curiosamente siempre estaba de acuerdo con el rey de España.

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